Notes

El año en que todos enfermaron a la vez

Una interrupción colectiva revela los hábitos privados de forma distinta a una individual.

Durante un tiempo, la arquitectura ordinaria de todos se derrumbó simultáneamente — el trayecto, la oficina, la proximidad casual que en silencio hacía más trabajo emocional del que nadie le reconocía. Lo que me sorprendió no fue la interrupción en sí. Fue lo diferente que cada uno gestionó la misma circunstancia, como si un acontecimiento compartido pudiera seguir produciendo resultados enteramente privados.

Algunos construyeron estructura nueva de inmediato, casi a la defensiva — horarios, rutinas, una disciplina que no existía antes y que, curiosamente, sobrevivió después. Otros dejaron que todo se aflojara y nunca lo volvieron a apretar del todo, incluso después de que pasara la razón de esa flojedad. Ninguna de las dos respuestas era exactamente errónea, aunque ambas fueron moralizadas ruidosamente en su momento.

Lo que saqué de todo aquello, al final, tenía menos que ver con el acontecimiento y más con lo que reveló: cuánto de lo que llamamos nuestra personalidad era en realidad nuestro horario, prestado, y lo expuestos que estábamos todos una vez que nos lo quitaron a todos a la vez.